¡Muchas gracias Santo Padre!
Desde el Cristo de la Salud queremos trasladar nuestro más profundo agradecimiento al Papa León XIV por su visita a nuestra ciudad.
Su presencia entre nosotros ha sido motivo de inmensa alegría, esperanza y renovación espiritual para toda la comunidad cristiana de nuestra diócesis.
Agradecemos de corazón su cercanía y el maravilloso testimonio de fe que nos anima a seguir creciendo y caminando como Iglesia viva, humilde y servicial, siempre atenta a los necesitados y comprometida con el anuncio del Evangelio.
Pedimos al Santísimo Cristo de la Salud que bendiga y acompañe siempre al Santo Padre en su misión pastoral, y que los frutos de su visita permanezcan vivos en nuestros corazones y en la vida de nuestra parroquia.
Carta de agradecimiento de su Santidad el Papa León XIV al Arzobispo y a la Diócesis de Madrid
Tiempo de Pascua
Por don José María Asenjo
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Alguna vez hemos podido escuchar a los que dan un sentido negativo a la Pascua: No me hagas la pascua, me has hecho la pascua, hacer la pascua. No sé cómo se llegó a esas conclusiones: la Pascua como algo negativo, doloroso, fastidioso.
Tal vez ese aspecto negativo de la Pascua pueda venir porque no hemos sabido o no han sabido saborear los frutos que Jesús nos da: El Señor nos hace Hijos de Dios:” Hemos sido comprados a gran precio”. La sangre de Jesús… “sus heridas nos han curado”.
Nosotros vamos a cogernos de la mano de Jesús para que nos lleve durante cuarenta días, para saborear lo que el Salvador ha hecho por nosotros, para vivir la Pascua del Señor. Si los frutos son buenos es porque el árbol es excelente:” yo soy la Vid, vosotros los sarmientos”. Somos sarmientos que pueden llevar frutos espléndidos si vivimos de la sabia que tiene la vid, si no nos desgajamos.
Si saboreamos que Dios es nuestro Padre, somos caminantes que vamos camino del cielo. Le diremos a Jesús que nos ayude a amar a Dios en donde nos ha puesto. ¡Ser santos en medio del mundo, en el cada día de cada uno!
Murió en la cruz, pero Resucitó. No revivió: fue glorificado. ¿Qué es resucitar? El cuerpo de Jesús vuelve a la vida libre de toda atadura humana: lo puedo recibir en la comunión, no es un recuerdo, es posible que, aunque seamos muchos, cada uno lo reciba con su cuerpo, sangre, alma y divinidad”.
Si somos muchos, cada uno puede hablar de tu a tu con Él, con el Hijo de María y del Espíritu Santo, el Hijo de Dios hecho hombre, sin tener que decirle a los demás: date prisa, termina que me toca hablar a mí con Él.
Como ha resucitado, nos llama de uno en uno a seguirlo. Si me llama, yo le respondo personalmente. No hay que cumplir, respondo a su llamada.
Si peco, si renuncio amar, si ofendo a Dios, Él me perdona. No dice “calmantes para todos”, sino que me perdona, me conduce otra vez al amor de Dios, me da la fuerza de la gracia para que no me venza ni “el pecado, ni la ley ni la muerte”.
No me puedo ver solo pues Dios es Señor de la historia, es decir, nos acompaña cariñosamente para que no nos separemos de sus designios de Creador. Él es el Señor de la historia.
Jesús nos dice que no tengamos miedo a fracasar porque he vencido al pecado, atraigo todas las cosas hacia mí, que soy el Camino, la Verdad y la Vida, “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré”.
Me dirás que todo esto está muy bien, pero ¿el dolor? ¿los otros?, ¿la enfermedad? ¿los etc? Si nos unimos a su Cruz, se da el milagro: ese dolor, se convierte en redención, en la salvación, en Amor que es lo que vence al mal, que cambia el mal del mundo, que no pasa nunca, que es la llave que abre las puertas del cielo, de la eternidad dichosa: “ni el ojo vio, ni el oído oyó, lo que Dios tiene preparado para los que le aman”.
Estas pinceladas pueden servir en estos cuarenta días de pascua para iniciarnos en saborear, apetecer más y valorar todo lo que Jesús nos dio cuando nació, murió y resucitó. A la Virgen le decimos que se alegre y goce porque el Señor ha resucitado. Jesús nos dio a su Madre como Madre y los hijos necesitamos comportarnos como hijos de la Madre.
Tiempo Pascual: ¡Resucitó el Señor! Aleluya, Aleluya, Alegría, Alegría.
La Semana Santa
Por don José María Asenjo
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Todos conocemos la relación que tenían los jefes de los judíos con Jesús. Era lógico que sus enemigos lo quisieran manipular. Se dieron cuenta que Jesús no se plegaba a sus planes.
Podemos hacer alguna reflexión...
Si lo jefes judíos quisieran solamente eliminar a Jesús, cualquier sicario lo hubiera asesinado fácilmente.
La noche del jueves al viernes Santo fue una noche de torturas por orden del sanedrín para que Jesús se pasase a su bando. Se habrían colgado la medalla: le hemos ganado. No lo consiguen e intentan otro plan.
No hay solamente que matarlo físicamente: hay que matar su atractivo, su categoría, su manera de querer. Conseguir que la gente se avergüence de él, arrinconarlo.
En la cruz mueren los sinvergüenzas. ¡Su doctrina es veneno! ¡A la Cruz!
La cruz era una tortura cruel. También era un aviso para los que quieran seguirlo: vais a sufrir una muerte ignominiosa, muy dolorosa vuestro cadáver irá a una fosa común,
Formaréis parte del grupo de los indeseables
Los romanos se repartirán hasta vuestras ropas ¿de qué va a vivir vuestra familia cuando os matemos?
Este era el plan de los jefes del Sanedrín.
Jesús seguro que se dio cuenta de los planes. Pero, ¿qué hizo Jesús en los días anteriores?
Nosotros en esta Semana Santa podemos recordar algo de lo que hizo Jesús:
El Domingo de Ramos
Fue el día de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén montado en un borriquillo. Las calles alfombradas y los hebreos, llevando ramos en sus manos, aclamaron a Jesús como Mesías: bendito el que viene en nombre del Señor, Hosanna al hijo de David.
Otro día lloró por la muerte de su amigo Lázaro. Con la resurrección de su hermano, Marta aprendió que lo importante no es resucitar al final de los tiempos, sino que “el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto” ¡Ya, ahora en la tierra donde vivimos, el que está unido a Cristo, sin morir, sin resucitar, participa de la vida eterna!
El Jueves Santo
Dijo por primera vez Misa: alimento del alma con su Cuerpo y con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad. Esa noche a los apóstoles, a los sacerdotes, les dio su poder, pero les lavó los pies para que descubriesen que la fuerza de Dios no viene ni por la palabra ni por la espada sino por el amor.
El Viernes Santo
Fue el día en que los cristianos vemos el amor que Dios nos tiene. ¡Por eso hemos creído en El!
El pueblo gritando con odio “crucifícale” y el Maestro, clavado en la cruz, gritando fuerte con amor:” Perdónales que no saben lo que hacen”. Y venció así al desamor, al pecado.
En el monte de la Calavera o Gólgota junto a la cruz estaban Maria Magdalena, María la de Cleofás, su madre María y Juan, el discípulo que tanto quería. Desde la cruz nos dio a su Madre como madre nuestra.
“Y dando un fuerte grito, expiró”. Se rasgó el Velo del Templo, se hizo de noche a las tres de la tarde y el Centurión, que presenció todo, se convirtió al cristianismo después de ver lo que sucedía y lo que Jesús hizo y dijo.
Lo enterraron en una tumba prestada, lo mismo que pasó con la cueva donde nació. El Creador no busca cosas, busca corazones que le dejen entrar.
¡La Cruz! Tesoro que nos enseña que imitando al Maestro no es lo más importante el dolor, sino que la cruz nos convierte en el “mirad cómo se aman”. La ciencia de la cruz es la ciencia del Amor.
El Domingo de Resurrección
Y Resucitó. Su cuerpo es glorificado, se queda libre de toda limitación humana: podemos de uno en uno recibirlo en la comunión, hablar con Él como si fuésemos hijos únicos y a la vez formar parte de su Cuerpo que es la familia de la Iglesia donde todos somos hermanos. Dejándolo entrar en nuestra vida. podemos vencer al pecado y vivir como hijos de Dios y heredar la vida eterna.
La Santa Cuaresma
Por don José María Asenjo
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Hace pocos días que nos encontrábamos en el tiempo de Adviento, tiempo fuerte. Con el Miércoles de Ceniza comienza otro tiempo fuerte: la Santa Cuaresma.
¿Cuál es la diferencia entre estos dos tiempos litúrgicos?
En Adviento esperábamos la venida del Señor, la Pascua de Resurrección hay que prepararla. Esto lo hacemos en la Cuaresma.
¿Cómo nació la Cuaresma?
Tiene sus raíces en el catecumenado: la preparación que hacían en los primeros siglos de nuestra fe católica los que querían convertirse en cristianos, en portadores de Cristo resucitado.
El ritmo de la Cuaresma se marca con los ritos que debía seguir un adulto que quería profesar la fe en Jesucristo, preparándose para recibir el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía en la Vigilia Pascual del Sábado Santo.
También recoge el rito del camino a seguir por los pecadores penitentes que están en pecado mortal público (homicidio, adulterio, apostasía), que deberían repetir su iniciación cristiana viviendo una Cuaresma austera de penitencia y alejamiento del pecado cometido.
Con el miércoles de Ceniza los penitentes se rociaban la cabeza con ceniza como señal de arrepentimiento por una vida alejada del bautismo y comenzaba el tiempo de penitencia acompañados por lo que hoy llamamos un director espiritual. Eran también ayudados por otros cristianos que se convertían en garantes de que el camino de arrepentimiento y conversión era auténtico.
¿Pero cómo conectar todo esto con nosotros?, ¿cómo hacer de la cuaresma un camino provechoso?
1º.- Es imposible avanzar en la vida cristiana sin un tiempo de purificación.
2º.- La Cuaresma es tiempo de preparación inmediata para recibir, como Dios manda, los sacramentos.
Vamos a recorrer lo que nos enseña cada domingo de Cuaresma:
Primer domingo:
En este domingo Cristo lucha por su identidad de Hijo de Dios a través de las tentaciones en las que el demonio pone en duda su identidad.
En cualquier tentación está en juego nuestra dignidad de Hijos de Dios.
Segundo domingo:
La Transfiguración del Señor.
El aspecto desconocido de las cosas que Jesús descubre a sus discípulos en la Transfiguración es lo que la fe nos desvela más allá de aspecto visible de las cosas.
Tercer domingo:
La Fuente, el Agua Viva a través de la samaritana en el pozo de Sicar a donde iba ella a sacar agua natural .
Esa la mujer- más allá de lo que era, de sus errores, de su vida complicada-conoce el Agua Viva que nace del Manantial, no del pozo de Sicar, que es el Señor. ¡Y lo adora! Pero el acto más grande que puede hacer una persona viene precedido por la sinceridad, y el desmontar las mentiras que ella misma se había creado y se las había creído.
Cuarto domingo:
El ciego de nacimiento, es decir, nosotros que no vemos o vemos mal como consecuencia del pecado original.
Un pobre mendigo, nosotros mendigos de la gracia de Dios, se convierte en un hombre de luz que sabe llevarla a la vida, aunque los “listos “y “tiranos” cuestionen la luz que le ha dado Cristo.
Domingo de Ramos:
Domingo de Pasión que nos abre las puertas de la Semana Santa y el triduo Pascual, que no son tres fiestas sino una sola liturgia:
Jueves Santo: no tiene final, termina con la adoración del Santísimo.
Viernes Santo: no hay saludo del sacerdote; comienza con silencio la liturgia y termina en silencio, que se rompe con el comienzo de la Vigilia Pascual.
Es imposible separar la Cruz de la Resurrección. En Cristo no hay cruz sin Resurrección y ni Resurrección sin cruz.
A nivel doméstico: La Cuaresma es el tiempo de oración, de ayuno y de limosna
¡LA ORACIÓN!
Tiempo de oración en familia y de lectura cariñosa da la Sagrada Escritura.
¡EL AYUNO!
Preparación para una fiesta, como comer menos el día anterior a una boda; llamada a la libertad e independencia sobre lo material.
¡LA LIMOSNA!
Escuela de amor por los necesitados, no una privación en sí mismo.
¡Y VENDRÁ EL DOMINGO DE RESURRECIÓN!
Los rusos llaman día de la Resurrección al día de la semana que nosotros llamamos Domingo (día del Señor), los ingleses y los griegos llaman día del sol, los judíos día primero, los alemanes día tranquilo. Nosotros damos gracias a Dios porque podemos celebrar el Domingo “Día del Señor” porque ha resucitado.
Rezaremos ese día, “Reina del cielo alégrate porque el que llevaste en tu seno, ha resucitado. Ruega por nosotros a Dios”.
Coplas por la muerte de su padre
Para pensar en Cuaresma...
En las Coplas de Jorge Manrique, la muerte no aparece como una tragedia desesperada, sino como un tránsito hacia la vida eterna. Esa visión es perfectamente compatible con el sentido cristiano de la Cuaresma, que prepara para la Pascua.
Del sufrimiento y la muerte a la esperanza de la resurrección.
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Coplas por la muerte de su padre
Jorge Manrique
I
Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.
II
Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
mas que duró lo que vio,
pues que todo ha de pasar
por tal manera.
III
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir,
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos,
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.
IV
Dejo las invocaciones
de los famosos poetas
y oradores;
no curo de sus ficciones,
que traen yerbas secretas
sus sabores;
a aquel sólo me encomiendo...
a aquel sólo invoco yo
de verdad,
que en este mundo viviendo
el mundo no conoció
su deidad.
V
Este mundo es el camino
para el otro, que es morada
sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada
sin errar.
Partimos cuando nacemos
andamos mientras vivimos,
y llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que cuando morimos
descansamos.
Tolkien, maetro de la esperanza
Escrito por Benigno Blanco.
Jurista, exsecretario de Estado y expresidente del Foro de la Familia.
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«El Señor de los Anillos» es una parábola que refleja el mundo y el corazón humano desde una cosmovisión cristiana.
Avance
En estos tiempos de incertidumbre, el filólogo y escritor británico J.R.R. Tolkien (1892-1973) merece la consideración de «maestro de la esperanza» por su obra cumbre El Señor de los Anillos. Cabe ver en la peripecia del protagonista, Frodo, y sus compañeros numerosos rasgos de esperanza, apunta Benigno Blanco. Comenzando por la disposición de alguien tan poco apto para la aventura como el insignificante hobbit, que, sin embargo, acepta su misión, sale de la Comarca y afronta riesgos que ni conoce ni puede prever. Y siguiendo por la amistad que forja con sus compañeros de aventura, de suerte que nunca está solo, lo cual contrasta con el miedo y el odio de los que se rinden al anillo, como Sauron, Gollum o los orcos. Por último, en la saga se plasma acaso el rasgo más definitivo de la esperanza: la convicción de que hasta el mal puede estar al servicio del bien, como se puede comprobar en el desenlace, cuando es Gollum quien, finalmente, destruye el anillo. Tal idea era tan importante que Tolkien acuñó el término eucatástrofe, que designa las situaciones terribles que culminan en alegría.
Deduce de todo ello el autor que El Señor de los Anillos es «una parábola que refleja el mundo y el ser humano desde una cosmovisión llena de esperanza», como era la perspectiva cristiana de Tolkien. En el pulso entre el bien y el mal, juegan un decisivo papel la libertad y la responsabilidad de cada persona. Vivir con esperanza es asumir que cada uno estamos inmersos en una gran historia; y que cada uno debemos realizar nuestra misión, sin que sea disculpa carecer de las cualidades del héroe, subraya Benigno Blanco.
Es evidente que vivimos en tiempos de incertidumbre
El mito del progreso vigente desde la Ilustración ya no es creíble y el vago optimismo ambiental generado tras la caída del sistema soviético se ha demostrado infundado. Hoy sabemos que el progreso no está garantizado y que el optimismo no pasa de ser algo meramente subjetivo o una lectura incierta de datos confusos. Solo nos queda la esperanza; pero ¿qué es la esperanza?, ¿dónde encontrarla? J.R.R. Tolkien, maestro de la esperanza, nos da pistas en esta indagación.
Tras la ilusión del «fin de la historia» que embargó a muchos tras la caída del sistema soviético, la globalización y el desarrollo tecnológico con que comenzó el siglo XXI, hemos entrado en una época de convulsiones e inseguridades aceleradas desde la crisis económica de 2008.
No es extraño que hoy muchos busquen razones para la esperanza, pues en el subconsciente de Occidente está la antigua afirmación de Saulo de Tarso: «la esperanza no defrauda» (Rom. 5.5), que —no por casualidad— es la frase con la que comienza la bula de convocatoria del jubileo del año santo de 2025 hecha por el Papa Francisco, tan sensible a las necesidades de los hombres de hoy. Uniéndome a ese anhelo de razones para la esperanza no puedo evitar pensar en la obra magna de Tolkien, El Señor de los Anillos, pues el autor británico es maestro de la esperanza y, por tanto, un maestro necesario para nuestra época.
El pensador coreano Byung-Chul Han acaba de regalarnos en 2024 una oportuna reflexión sobre El espíritu de la esperanza en la obra con ese título publicada en español por la editorial Herder. Según Han, rasgos constitutivos de la esperanza son los siguientes:
— La esperanza despliega todo un horizonte de sentido… nos regala el futuro;
— nos hace ponernos en camino, nos brinda sentido y orientación;
— sale en busca de lo nuevo… de lo que jamás ha existido;
— no da la espalda a las negatividades de la vida;
— no aísla a las personas… El sujeto de la esperanza es un nosotros;
— es un todavía no; está abierta a lo venidero, a lo que aún no es;
— nos hace creer en el futuro;
— no aísla, sino que vincula y mancomuna (a diferencia del miedo y la angustia);
«La esperanza —nos dice Han— se caracteriza fundamentalmente por su entusiasmo, su afán. (…) Desarrolla una fuerza de salto para actuar (…) una narrativa que guía las acciones (…) Sueña activamente (…) es una fuerza, un ímpetu» (pág. 45-46).
Es una muy buena descripción de los rasgos de la esperanza que se ponen de manifiesto en la trama y los personajes de El Señor de los Anillos, historia preñada de esperanza como se puede ver —de forma especial— en las vicisitudes biográficas de su personaje principal: Frodo Bolsón, el portador del anillo del poder y encargado de su destrucción.
A priori, Frodo no parece contar con el perfil de un héroe, sino más bien todo lo contrario. En un mundo de grandes guerreros, magos poderosos, elfos inmortales y señores de la guerra de linajes impresionantes, Frodo no es más que un pequeño hobbit; es decir pertenece a la raza menos apta en principio para las grandes aventuras y las heroicidades. ¿Qué característica hace a Frodo apto para tan alta misión? Que acepta su vocación, su misión, que nunca dice que no a las responsabilidades que la vida le plantea, que hace lo que debe hacer, aunque sea consciente de que carece de las cualidades para afrontar lo que le corresponde, que sigue adelante incluso contra toda esperanza. Frodo es capaz de salir de su comodidad, de la Comarca, y afrontar riesgos que ni conoce ni puede prever. Así es la esperanza.
Como le dice Gandalf a Frodo, al comienzo del relato, cuando le explica qué es el anillo y le pide que lo lleve consigo fuera de la Comarca para evitar que caiga en manos de los Jinetes Negros: «Todo lo que podemos decidir es qué haremos con el tiempo que nos dieron». Vivir con esperanza es asumir que estamos inmersos —como Frodo— en una gran historia; cada uno somos —como Frodo— una misión; y cada uno —como Frodo— debemos realizar nuestro papel. No es disculpa carecer de cualidades para el papel de héroe…. Se trata de abrirse al futuro, con esperanza.
La esperanza mancomuna
Quien da ese paso, descubre que no está solo; la esperanza se abre a los demás, «mancomuna» como dice Han. La Tierra Media y sus habitantes no están solos. Alguien vela por ellos, cuentan con la ayuda que precisen para enfrentarse al mal. La manifestación más fuerte en El Señor de los Anillos de esa ayuda son los amigos. Por el contrario, los que se rinden al anillo y su poder no tienen amigos: ni Sauron ni Saruman, ni los orcos ni Gollum, tienen amigos; su rasgo distintivo es la soledad; su relación con los demás se reduce al dominio y la utilización de los otros; no tienen familia ni aman a nadie; aquellos que colaboran con ellos lo hacen por miedo, como los orcos, o sometidos a un poder que les domina como los Jinetes Negros. En el mundo de Mordor no hay sitio para el amor y la amistad. Es significativo también que en la Compañía del Anillo hay un número impar de miembros y el traidor, Boromir, es el desparejado, el que no tiene amigos. La soledad, la ausencia de amigos, es síntoma de que algo no va bien, de que el peligro de traición a la propia misión está vivo y acecha cerca.
Se puede contar con Gandalf, el mago poderoso, pero éste raramente actúa frente al enemigo por sí mismo y con sus fuerzas, pues eso anularía la responsabilidad de los personajes que —como Frodo o Aragorn— tienen que construir la historia con su trabajo y su lealtad a su misión. Gandalf transmite doctrina y es pedagogo de la tradición y la vieja sabiduría, llama a las personas a su misión, informa, pone en contacto a los opositores del anillo, pero solo actúa directamente frente al enemigo en casos muy excepcionales, como a las puertas de Gondor, cuando se enfrenta personalmente al príncipe de los Jinetes Negros. La labor de Gandalf es promover el uso responsable de su libertad por parte del resto de protagonistas de la lucha contra el anillo. Tener esperanza no exime del ejercicio responsable de la propia libertad.
En este juego de equilibrios entre esperanza y libertad, hasta el mal puede estar al servicio del bien. Este es un rasgo de la esperanza que Han no capta o no refleja, al menos. Sin esta convicción es imposible la esperanza pues el mal existe. Esta idea era tan importante para Tolkien que hasta inventó una palabra para nominar este hecho: eucatástrofe, término que —traducido libremente— designa las situaciones terribles que culminan en alegría. Tolkien era cristiano y en su novela queda patente este singular rasgo de la específica esperanza cristiana: Los hombres no podemos sacar bien del mal pero Ilúvatar —Dios en la mitología tolkiana— sí puede hacerlo y de hecho desde el principio lo previó, según nos cuenta Tolkien en el Silmarillion al relatar la creación del mundo.
La creación es una canción de Ilúvatar (Dios) y, con Él y a invitación suya, de los Valar (ángeles). Melkor (Satán) introduce temas por su cuenta en esa canción separándose así de la sinfonía divina e Ilúvatar le dice: «Nadie puede alterar la música a mi pesar. Aquel que lo intente probará que es solo un instrumento para la creación de cosas aún más maravillosas». Es decir, los que intenten estropear la creación no sólo no lo conseguirán, sino que la harán más esplendorosa.
El papel de Gollum
En El Señor de los Anillos se cumple esa profecía. Ejemplo paradigmático es el caso de Gollum, el hobbit que encontró el anillo, mató por él y vivió cientos de años en la soledad más absoluta adorando a su tesoro por miedo a que se lo robasen, hasta que se encuentra con Bilbo Bolsón y éste se lleva el anillo iniciando así la historia que nos ocupa. Durante toda la secuencia que relata El Señor de los Anillos, Gollum va detrás del anillo, su obsesión, y esa persecución le lleva a encontrarse con Frodo y Sam a los que, juramentado, conduce hasta Mordor con la intención de que sean devorados por Ella- Laraña y así poder él recuperar el anillo. Esa es su intención, pero de hecho lo que consigue es que, con su ayuda, Frodo y Sam puedan acceder al interior de Mordor y llegar al Monte del Destino donde el anillo debe ser destruido en el fuego en que se forjó. Sin Gollum, el portador del anillo no hubiese llegado a su destino.
Al final, cuando Frodo está ante las grietas del Monte del Destino y se dispone a arrojar el anillo, se produce esa escena impresionante en que Frodo traiciona su misión: «»He llegado. Pero he decidido no hacer lo que he venido a hacer. No lo haré. ¡El anillo es mío!» Y de pronto se lo puso en el dedo». (pág. 995). Sabemos cómo sigue la escena: Gollum ataca a Frodo para arrebatarle el anillo y se lo arranca de un mordisco junto con el dedo en que lo tiene puesto y cae al fuego. Quien destruye el anillo es pues Gollum, no Frodo. Sin Gollum el anillo no habría sido destruido y Frodo se habría convertido en un señor oscuro a las órdenes de Sauron o en algo peor.
La decisión en distintos momentos de la historia de Bilbo, Gandalf, los elfos, Frodo y Sam de no matar a Gollum cuando pudieron hacerlo es lo que, a la postre, permite que Gollum esté allí a la vera de Frodo en el Monte del Destino en la hora suprema. ¡Qué gran enseñanza para esos que quieren acelerar impacientemente el advenimiento del bien, deparando muerte y destrucción!
Destruido el anillo, en los fastos de celebración en Gondor, Aragorn y Gandalf se ponen de rodillas ante Frodo y Sam y los homenajean como a los que han logrado destronar a Sauron con la destrucción del anillo. ¿Cómo es esto así si Frodo al final traicionó su misión y se puso el anillo en vez de arrojarlo al fuego? Porque Frodo hizo todo lo que estaba a su alcance heroicamente, aunque sus fuerzas no llegaron para culminar su tarea. Lo que Tolkien propone es que hagamos —con esperanza— lo que está en nuestras manos, no que seamos eficaces en términos de productividad.
A Frodo se le premia como al destructor del anillo porque hizo lo que podía y sus fuerzas no dieron más que para llegar al Monte del Destino con el anillo. Que sus fuerzas no llegasen a arrojarlo al fuego, no resta un ápice a su heroísmo ni a su fidelidad a la misión. Si uno hace lo que puede, el autor de la historia, el que vela por el bien en esta historia, hace el resto, utilizando para el bien instrumentos tan extraños como Gollum y su obsesión por poseer el anillo.
Parábola que refleja el mundo
El Señor de los Anillos es una parábola que refleja el mundo y el ser humano vistos con ojos cristianos —esos eran los de Tolkien—, es decir con los ojos de quien asume una cosmovisión llena de esperanza; es la historia de la lucha entre el bien y el mal, pero con la singularidad respecto a otras obras de ficción de que en la novela de Tolkien esa lucha se desarrolla no solo a nivel cosmológico sino en el interior de cada uno de los personajes. En El Señor de los Anillos, las razones para la esperanza radican en la responsabilidad de cada personaje que se entreteje con la historia global. Del comportamiento de cada personaje depende el triunfo del bien o del mal a nivel cosmológico, como sucede en la historia real de los hombres según la perspectiva cristiana. Como escribió un santo español del siglo XX: «De que tú y yo nos portemos como Dios quiere –no lo olvides- dependen muchas cosas grandes» (San Josemaría, Camino, nº 755).
Byung-Chul Han describe muy bien la esperanza como fuerza histórica y personal, pero no nos da ninguna razón para tener esperanza. Tolkien, como cristiano, nos describe un mundo en que hay una providencia que nunca aparece, pero está ahí —Gandalf es su manifestación más visible— y que funda y fortalece la esperanza de Frodo y sus amigos.
Podríamos preguntarnos si es posible la esperanza sin fe en Dios; la respuesta nos la da Ratzinger/Benedicto XVI con su propuesta de vivir y organizar nuestra convivencia como si Dios existiera, como si nos amara, pues así sostendríamos una sociedad más justa y humana (cfr. Vivir como si Dios existiera. Una propuesta para Europa, libro editado por Ricardo Calleja con los textos más significativos de Ratzinger sobre esta idea).
Fiesta de la Virgen de Guadalupe
12 de diciembre de 2026
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En la festividad de la Virgen de Guadalupe, recordamos la historia de las apariciones de la Santísima Virgen al indio Juan Diego, en el cerro de Tepeyac.
Relato de las apariciones de la Virgen María en México, bajo la advocación de Guadalupe
La historia comienza en el mes de diciembre de 1531. Por entonces, cuenta el Nican Mopohua, diez años después de conquistada la ciudad de México, se suspendió la guerra y hubo paz en los pueblos, y así comenzó a brotar la fe, el conocimiento del verdadero Dios, por quien se vive. La evangelización avanzaba a grandes pasos.
Parecían ya lejanos aquellos ritos macabros que para contentar a sus ídolos sedientos de sangre se veían obligados a soportar, como un yugo pesadísimo, los buenos nativos.
La liberación del mal y del error que traían los sacramentos y la doctrina de Jesucristo cayó como un bálsamo en el corazón de aquel pueblo, y la gracia obró el maravilloso milagro de la conversión. A tan sólo diez años de la llegada de la fe al antiguo reino azteca, quiso Dios mostrar que ponía bajo el manto de la Medianera de todas las gracias, su Santísima Madre, la evangelización del nuevo continente.
Un indito de nombre Juan Diego
Y sucedió, se lee en el Nican Mopohua, que había un indito, un pobre hombre del pueblo, de nombre Juan Diego, según se dice, natural de Cuauhtitlán.
Un sábado, a hora muy temprana, se encaminó a la ciudad de México para recibir la instrucción en la doctrina cristiana. Al pasar junto a un pequeño cerro llamado Tepeyac, oyó cantar sobre el cerrito, como el canto de muchos pájaros preciosos. Maravillado, aquel hombre creía hallarse en el paraíso. Y cuando cesó de pronto el canto, cuando se hizo el silencio, oyó que le llamaban de arriba del cerrillo y le decían: "Juanito, Juan Dieguito". Muy contento se dirigió a donde la voz procedía y vio a una noble Señora que allí estaba de pie y lo llamó para que se acercara a Ella. Llegando a su presencia, se maravilló mucho de su sobrehumana grandeza: su vestidura era radiante como el sol; y la piedra, el risco en el que estaba de pie, lanzaba rayos resplandecientes.
Juan Diego se postró y escuchó su palabra, sumamente agradable, muy cortés, como de quien lo atraía y estimaba mucho. Ella le dijo: "Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas?". Él respondió: "Señora y Niña mía, tengo que llegar a tu casa de México Tlatelolco, a seguir las cosas divinas, que nos dan nuestros sacerdotes, delegados de Nuestro Señor".
San Juan Diego
Enseguida la Santísima Virgen comunicó a Juan Diego cuál era su voluntad: "Sabe y ten bien entendido, tú, el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; del Creador de los hombres, del que está próximo y cerca, el Dueño del cielo, el Señor del mundo.
Deseo vivamente que aquí me levanten un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa; porque yo en verdad soy vuestra Madre compasiva, tuya y de todos vosotros que vivís unidos en esta tierra, y de las demás variadas estirpes de hombres, mis amadores, que me invoquen, me busquen y en mí confíen; allí escucharé su llanto, su tristeza, para remediar y curar todas sus penas, miserias y dolores".
Después, Nuestra Señora le ordenó que se presentara ante el obispo fray Juan de Zumárraga, para hacerle saber su deseo y concluyó: "Y ten por seguro que lo agradeceré bien y lo pagaré, porque te haré feliz y merecerás mucho que yo recompense el trabajo y fatiga con que vas a procurar lo que te encomiendo. Mira que has oído mi mandato, hijo mío el más pequeño; anda y pon todo tu esfuerzo".
Pero no fue creído el buen indio cuando reveló al prelado cuanto la Virgen le había dicho. Y muy compungido volvió al cerro de Tepeyac, para comunicar el fracaso de su embajada y pedir a la Santísima Virgen que enviara a alguien más digno: una persona principal y respetada a quien de seguro darían mayor crédito. Pero escuchó esta respuesta:
"Oye, hijo mío el más pequeño, ten entendido que son muchos mis servidores y mensajeros, a quienes puedo encargar que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tú mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad".
Confortado de este modo, reiteró Juan Diego su ofrecimiento de presentarse al obispo y así lo hizo al día siguiente. Después de ser interrogado, tampoco en esta ocasión fue creído. Fray Juan le pidió una señal inequívoca de que era la Reina del Cielo quien le enviaba. Juan Diego se presentó de nuevo a la Virgen en Tepeyac para dar sus explicaciones y la Señora le prometió entregarle una señal irrefutable al día siguiente.
Qué hay, hijo mío el más pequeño, ¿a dónde te diriges?
Pero Juan Diego no volvió porque, al regresar a su casa, encontró a su tío Juan Bernardino en trance de muerte. Buscó un médico, pero ya era inútil. Transcurrió esa jornada, y al llegar la noche, su tío le rogó que buscara a un sacerdote para confesarse y bien morir. El martes de madrugada, se puso Juan Diego en camino y, al llegar cerca del cerro de Tepeyac, decidió dar un rodeo para evitar encontrarse con la Señora. En su ingenuidad, pensaba que si se demoraba no llegaría a tiempo de que un sacerdote confortara a su tío.
Pero la Virgen le salió al encuentro y tuvo lugar ese encantador diálogo, que nos ha transmitido con toda su frescura el Nican Mopohua: le dijo: "¿qué hay, hijo mío el más pequeño? ¿A dónde te diriges?".
Juan Diego, confuso y temeroso, le devolvió el saludo: "Niña mía, la más pequeña de mis hijas, Señora, ojalá estés contenta. ¿Cómo has amanecido? ¿Estás bien de salud, oh mi Señora y Niña mía?”.
Y explicó humildemente por qué se había apartado de la misión recibida. Después de oír la plática de Juan Diego, respondió la piadosísima Virgen:
"Oye y ten bien entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige; no se turbe tu corazón; no temas esa enfermedad ni otra alguna enfermedad o angustia. ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿Acaso no estás bajo mi sombra y amparo? ¿No soy tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo y entre mis brazos? ¿Qué más has menester?".
Es bien conocido el desenlace de la historia: el prodigio de las rosas florecidas en la cumbre del cerro, que fueron depositadas en la tilma de Juan Diego por la Virgen, y llevadas a fray Juan de Zumárraga, como prueba de las apariciones; y como, al desplegar Juan Diego su tosca prenda, apareció la maravillosa imagen, no pintada por mano de hombre, que todavía hoy se conserva y venera.
El tío de Juan Diego sanó y vio a la Santísima Virgen, que le pidió fuera también él a ver al obispo para revelar lo que vio y de qué manera milagrosa le había Ella sanado; y como bien había de nombrarse su bendita imagen, la siempre Virgen Santa María de Guadalupe.
La devoción a la Virgen de Guadalupe
Vivió Juan Diego hasta los setenta y cuatro años de edad, después de haber habitado cerca de tres lustros junto a la primera ermita construida para rendir culto a Santa María de Guadalupe. Falleció en 1548, al igual que el obispo fray Juan de Zumárraga. El 31 de julio de 2002 tuvo lugar su canonización.
En poco tiempo, la devoción a la Virgen de Guadalupe se extendió de manera prodigiosa. Su arraigo en el pueblo mexicano es un fenómeno que no tiene fácil comparación; puede verse su imagen por todas partes y se cuentan por millones los peregrinos que acuden con una fe maravillosa a poner sus intenciones a los pies de la milagrosa imagen en su Villa de México.
En toda América y en muchas otras naciones del mundo se invoca con fervor a la que por singular privilegio, en ningún otro caso otorgado, dejó su retrato como prenda de su amor.
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